lunes, 19 de diciembre de 2022
lunes, 12 de diciembre de 2022
viernes, 25 de noviembre de 2022
Calle Iturbide, esta fotografía la capto mi tío abuelo don Juan Cervantes Lucio hacia 1915.
Don Juan Cervantes Lucio se caso con doña Carmen Ruiz y Ruiz, hermana de don
Francisco, fundador de la desaparecida y prestigiada tienda " La
Fama".
Él tuvo desde que nació
una situación económica privilegiada, así que para vivir la vida sin fastidio
hizo acopio de muchos entretenimientos como la fotografía y saber revelarla, la
esgrima, la caza, la fiesta brava, los viajes, el ciclismo, el motociclismo, el
automovilismo y no se diga vestir al último grito de la moda.
José Guillermo Alvarado Orozco.
miércoles, 2 de noviembre de 2022
Luces en la ciudad por Juan Cancino Zapata.
Estábamos tan concentrados en
este enigmático tema que al Guti se le ocurrió preguntar qué haríamos si
viéra-mos un OVNI, el Memo contestó rápidamente: ¡Tomaría-mos fotos como
evidencia!, yo comenté enseguida: ¡Ni cá-mara tenemos!, el Guti levantó la cara
hacia el oscuro cielo y sorprendido continuó preguntando: ¿Y cómo le tomamos
foto a esos que van allí? -dijo señalando hacia arriba de mi casa- supusimos
que era una de sus bromas y el Memo que estaba junto a Guti le replicó enseguida
frente a su cara: ¡No mámeees!, el Guti se puso de pie y señaló hacia el cielo
nuevamente.
Todos volteamos enseguida a
donde él señalaba y vi-mos que en el cielo negro iban pasando unas veinte bolas
fosforescentes, como a 15 metros de altura por encima de mi casa, rápidamente
nos pusimos de pie y las seguimos corriendo por la calle, sin dejar de verlas,
para saber de qué se trataba, ya que éstas iban navegando paralelas a la ca-lle
de Ramón Adame de norte a sur, obviamente iban más rápido que nosotros y
dejamos de seguirlas por la calle de Alonso, el Memo nos sugirió: ¡Vamos al
periódico a repor-tarlas, contestamos emocionados por la adrenalina que nos
activaba en ese momento: ¡Órale! y nos dirigimos corriendo al local de las
oficinas del periódico El Sol de San Luis.
Entramos corriendo y le
preguntamos al portero: ¿Hay algún reportero con cámara fotográfica? Éste,
sor-prendido, atrás de la reja de seguridad nos preguntó: ¿Para qué lo quieren?
A coro le contestamos: ¡Hay unos OVNIS en el cielo!, el portero nos observó
cómo escaneándonos, guardó silencio un instante y dijo en forma seria: ¿De cuál
fumaron? Le contestamos ansiosos: ¡No, no fumamos nada! ¡Es verdad, hay unas
bolas luminosas volando en el cielo! ¡Saque una cámara para tomarle fotos!, él
respondió incrédulo: Dejen le hablo al reportero de guardia y se fue a una
oficina.
Al regresar ambos sujetos, el
reportero nos preguntó: ¿Dónde las vieron? Le dijimos: ¡Andan arriba, ahorita
pasa-ron por la alameda! ¿Cuándo las vieron? Preguntó nueva-mente: ¡Ahorita las
acabamos de ver! -contestamos simultá-neamente los cuatro-. El reportero
exclamó: ¡A ver, vamos a ver! Y le indicó al portero que abriera la reja, éste
quitó el candado y ambos salieron con nosotros a la calle a ver el cielo, pero
no se veían las bolas fosforescentes, el repor-tero nos dijo: ¡Se me hace que
es puro cuento de ustedes!, nosotros contestamos: ¡Es la neta, ahí andan
arriba! ¡Saca tu cámara por si aparecen de nuevo!, él respondió: ¡Se la llevó
otro reportero y aquí en la oficina no hay ninguna!
Nos quedamos viendo los cuatro
como diciendo: ¿Cómo un periodista no tiene cámara? Y simplemente guardamos
silencio, de pronto el Memo cuestionó al repor-tero: Si no nos crees, vamos a
la azotea para que las veas, el reportero por curiosidad aceptó y dijo:
Vénganse, pero hay que tener cuidado al subir.
El portero cerró con candado
nuevamente la reja del periódico y posteriormente nos dirigimos los seis hacia
la azotea, desde esa altura se veía casi toda la ciudad, yo bus-qué en el
horizonte el cúmulo de bolas fosforescentes y lo descubrí volando cerca del
Saucito, ¡Allá están! -grité-. Las bolas se dirigían hacia el rumbo de Morales,
¡No qué no! le reprochamos en coro al reportero, él exclamó: ¡Nunca había visto
eso!, el Guti dijo: ¡Para eso queremos la cámara! ¡Para sacarle fotos como
evidencia, sino nadie nos va a creer!
Estábamos en la parte más
alta, entre el Cine Alame-da y el Sol de San Luis y se veían muy bonitas las
luces de la ciudad y el vuelo de las esferas luminosas. Vimos que las bolas
tomaron rumbo a la Tenería, hoy parque Tangamanga y después hacia la Cañada del
Lobo, pero las perdimos de vista atrás de las torres de la Iglesia del
Santuario de Guadalupe. El Moy le preguntó al reportero: ¿Tú qué crees que
sean? El periodista se rascó la cabeza y dijo:
A lo mejor son globos
aerostáticos, solamente que pregunte en la torre de control del
aeropuerto–agregó- para verificar. Nosotros sabíamos que eso no tenía nada que
ver con globos aerostá-ticos y solo guardamos silencio, de pronto levanté la
cabeza para ver de nuevo el cielo y grité: ¡Aquí están! -y señalé rumbo a la
plaza de San Sebastián-.
Las esferas fosforescentes
avanzaron hacia nosotros y pasaron encima de nuestras cabezas, como a siete
metros de altura, sin producir sonido, sin tener alas (de ave, de avión o algo
parecido) pero si, un brillo blanco, muy bri-llante y poco común, las dejamos
de ver al poco rato porque las taparon los edificios de los hoteles que están
al norte de la Iglesia del Carmen.
Después de bajar a las
oficinas de esta editorial, el re-portero nos tomó nuestros datos, y nos dijo
que la nota la iba a publicar en el periódico dos días después, salimos
sa-tisfechos del diario por haber visto nuevamente desde esa altura a los ovnis
surcando el cielo, la hermosa panorámica de la ciudad por la noche y con la
esperanza de hacernos famosos por el periódico.
Compramos durante quince días
el periódico el Sol de San Luis y nunca apareció la prometida nota.
viernes, 28 de octubre de 2022
Los Chaneques, por Juan Cancino Zapata.
Mi primo Alan y dos amigos
más, como en el año 2000, an-daban explorando en la sierra de Oaxaca. Al
terminar el día Alan decidió irse a descansar, sus amigos prendieron una fogata
para calentar sus últimos tacos de frijol con huevo y chile que llevaban y se
prepararon un caliente y rico café. Después de cenar se acomodaron en el suelo
cerca de la fogata dispuestos a dormir, como estaban demasiado can-sados
cayeron como piedras, el silencio de la oscura noche solo se interrumpía por el
concierto de sus fuertes ronqui-dos.
A la fresca mañana siguiente,
se prepararon en las brasas de leña que quedaban, un café caliente, como
to-davía había unos tacos en la bolsa también los pusieron a calentar para
darles fin, al terminar recogieron sus cosas y vieron una bolsa de pan que se
les había olvidado sacar de una mochila, se culparon unos a otros del por qué
no la ha-bían sacado para comerse el pan con el café.
Alan les dijo: ¡Yo la saqué
anoche y la puse junto a la bolsa donde estaban los tacos!, el soldado le dijo:
¡Se me hace que soñaste, porque yo calenté los tacos y no estaba allí! El otro
acompañante exclamó: ¡Bueno, al rato que nos de hambre, nos lo comemos!
Subieron las cosas a la caja
de la camioneta y ellos tres se acomodaron en la cabina dispuestos a regresar a
la civi-lización después de su agradable paseo por aquellos luga-res. Alan iba
conduciendo por el mismo camino por donde habían llegado cuando vieron un árbol
con una rama muy baja, la cual provocó el siguiente comentario: ¡Aguas con la
ramona!, porque la rama casi rozaba la cabina.
Continuaron avanzando, sin
encontrar otra desvia-ción, dando curvas y subiendo y bajando cerros, al poco
rato vieron otra rama muy similar a la anterior y volvió el comentario: ¡Aguas
con la ramona! Y Alan exclamó: ¡Esta igualita a la otra! El acompañante de Alan
enseguida co-mentó: ¡Hasta parece que clonaron las hojas!, y el soldado
exclamó: ¡Pa´ mí que son iguales!, continuaron su camino notando que era muy
similar al que iban dejando atrás.
Al poco rato el soldado
exclamó: ¡Hay tá la ramona! Alan bajó la velocidad quedando frente a la rama y
sorpren-dido expresó: ¡Es la misma!, tenemos una hora conducien-do y volvemos
al mismo lugar, el acompañante sorpren-dido también comentó: ¡Yo no he visto
otro camino! ¡Este camino va derecho al pueblo!
Reanudaron su camino y unos
metros más adelante el soldado le dijo a Alan: ¡Párate y pásame la bolsa de
pan! Alan se detuvo y se bajó para sacar de la mochila la bolsa de pan, se
subió a la cabina y le pasó la bolsa de pan al soldado que iba sentado junto a
la otra puerta, el soldado conminó a Alan: ¡Dale, vámonos! Enseguida sacó un
pan, lo partió en pedazos y fue tirando poco a poco cada uno de ellos en la
medida que la camioneta iba avanzando, luego agarró otro e hizo lo mismo, el
otro acompañante le reclamó: ¡Queda-mos que eran para comer, no para tirarlos!
El soldado, sonriendo,
murmuró: ¡Ahora si nos va-mos a casa!, dale rápido Alan, éste aceleró y
siguieron el camino hasta que después de unos veinte minutos, encon-traron otro
camino que bajaba de otro cerro y que se unía al camino de ellos, ¡Ya ves, este
si es el camino! dijo el sol-dado, lo que pasó es que los chaneques no nos
dejaban salir de ese lugar –continuó- y como ya habían escondido el pan en la
mochila supe que lo querían, así que los hice bajar de la camioneta para que
fueran por los pedazos que les iba tirando en el camino, los distraje mientras
nos alejábamos de ellos, ellos eran quienes no nos dejaban salir, se estaban
divirtiendo con nosotros ¡Méndigos chaneques!
Alan y su otro amigo se
quedaron sorprendidos de como el soldado había resuelto salir de la sierra y no
seguir vueltas en el mismo lugar.
El soldado por ser gente del
campo conocía muy bien desde niño el comportamiento de los chaneques y sabía
como interactuar con ellos para salvar sus travesuras.
Fotografía: Cronista de
Rioverde S.L.P. Lic. Elena Rodríguez de la Tejera.
jueves, 27 de octubre de 2022
Persecución de brujas por Juan Cancino Zapata.
Un maestro amigo mío, que
trabajaba para el CONAFE en una pequeña escuela primaria de una comunidad del
municipio de San Ciro de Acosta, S.L.P., me contó lo que le ocurrió un día que
se quedó a trabajar hasta muy tarde.
Resulta que él tenía a su
cargo una escuela multigrado y debía elaborar una papelería administrativa que
tenía que entregar al día siguiente en Rioverde.
Después de terminar su
trabajo, vio el reloj y se dio cuenta que ya era muy tarde para alcanzar la
última combi o pesero que pasaba para San Ciro, así que guardó sus co-sas y
emprendió la caminata por las veredas que llevan al camino por donde pasan los
vehículos motorizados.
Como ya casi oscurecía y no
traía lámpara decidió caminar más aprisa, en el camino escuchó que alguien le
chistaba desde los árboles, volteó a ver quién lo hacía y no vio a nadie.
Primero escuchó el ruido del lado izquierdo de la vereda y más adelante le
volvieron a chistar, pero del lado derecho. Al no ver nada ni a nadie, supuso
que eran algunos pájaros los que hacían el chistido.
Más adelante volvió a escuchar
el chistido, pero esta vez más cerca, del lado izquierdo, como a unos siete
metros atrás de él, volteó y solo vio las ramas de los árboles, sin ninguna ave
en ellos, continuó a paso veloz, casi corrien-do, para alcanzar la combi cuando
ésta pasara por donde se cruza la vereda con el camino grande.
De pronto, escuchó un chistido
como a tres metros de distancia a su lado derecho, al voltear vio una bola
lumino-sa a la altura de su cabeza, pero posada en un árbol cerca-no. Esta
bola, como del tamaño de un balón de basquetbol, emitió nuevamente un chistido,
eso lo atemorizó tanto que empezó a correr muy rápido, por instinto, volteó
hacia su lado izquierdo y vio otra bola luminosa, que al igual que la primera
emitió un chistido.
Aceleró su carrera y las bolas
luminosas lo empeza-ron a seguir dejando una distancia como de diez metros
entre ellas y él, pero esta vez no chistaban sino que emitían unas risas como
de mujer, él corrió a toda la velocidad que podía para llegar al camino grande,
donde había más clari-dad, por no haber arboles cercanos, volteó para ver en
dón-de venían las bolas luminosas y éstas se habían quedado atrás, como a
treinta metros de distancia, sin embargo, sus risas chillonas todavía se
escuchaban con gran estruendo, como si se burlaran de él por el miedo que
tenía.
A lo lejos vio las luces de la
combi que se acercaba y por el pánico que tenía abrió más la zancada para
llegar antes de que ésta se pasara de la vereda, la combi venia todavía como a
cincuenta metros pero él se paró frente al camino y levantó los brazos para que
se detuviera el vehí-culo, la unidad se detuvo frente a él y el operador abrió
la puerta lateral para que abordara.
Al cerrarse la puerta y tomar
asiento, él se sintió tan ali-viado y a salvo de eso que lo perseguía que una
señora le dijo: ¡Ya casi se le pasaba la combi! ¡Se ve que venía corriendo!
Él, todavía aterrorizado le
dijo: ¡Es que unas brujas me venían siguiendo! La gente que venía en la combi
sol-tó la carcajada de manera espontánea, él agachó la cabeza, volteó hacia la
vereda, vio con terror que se acercaban como cinco bolas de luz y le gritó a la
gente: ¡Allí están! y señaló hacia atrás de la combi en dirección a las bolas
luminosas, la gente vio las luces redondas y olvidó la risa para gritarle
asustada al chofer:
¡Dele más rápido! éste las vio por el es-pejo
retrovisor y aceleró para alejarse de ahí, pero como en la sierra el camino
tiene muchas curvas, al salir de una que subía una loma de pronto vieron las
luces frente a ellos, el chofer tratando de esquivarlas, se orilló demasiado y
de-rrapó saliéndose del camino, para empezar a dar vueltas cuesta abajo.
Por casualidad una camioneta
iba cuesta arriba y al-canzaron a ver las luces de la combi al ir cayendo, al
llegar
al sitio del incidente
auxiliaron a los pasajeros de la combi. Después de rescatar a los heridos y
subirlos al camino, bus-caron cerca de allí un lugar donde pudieran captar la
señal telefónica y pedir el auxilio de la policía y de la cruz roja. El chofer
y una maestra que viajaba en la unidad no pudieron sobrevivir a este fatal
accidente, los heridos fueron trasla-dados al hospital de Rioverde.
La versión de los pasajeros
sobre las bolas de luz nunca fue dada a conocer por los diarios de la región,
los medios de comunicación divulgaron que fue el exceso de velocidad lo que
causó el fatal accidente.
El maestro dejó de trabajar
para el CONAFE por te-mor a que lo mandaran nuevamente a trabajar a algún
lu-gar similar en el campo, la verdadera historia hasta el día en que me la
platicó, solo era conocida por él y por muy pocas personas, aparte de los
pasajeros que sobrevivieron al accidente.
El platillo volador y los niños por Juan Cancino Zapata.
Cierta mañana en Rioverde,
estaba platicando con una maestra llamada Edith, sobre cosas extrañas que le
habían pasado a algunas personas, cosas como espantos y aparicio-nes, ella me
interrumpió para decirme: le voy a contar algo, pero no crea que me lo voy a
inventar o que es puro cuento, se lo platico a usted porque me da confianza y
pienso que si me va a creer y si no me cree pues luego le pregunta a mi hermano
para que vea que no le he dicho mentiras.
Fíjese que cuando yo tenía
como siete años y mi her-mano seis, nos íbamos por la tarde, después de hacer
la ta-rea, al corral de la casa a jugar con sus juguetes y con los míos, en ese
tiempo vivíamos en el Puente del Carmen, cer-ca de La Planta, mi hermano se
llevaba sus carritos y yo me llevaba mis muñecas y a veces jugábamos a la
comidita y a esas cosas que juega uno cuando está chico.
En el corral donde jugábamos
había un hoyo de pie-dra en el piso, en medio del corral, medía como unos ocho
metros de diámetro y un metro y medio de profundidad, en la orilla de la pared
oriente había también una cuevi-ta, como de tres metros de profundidad, la cual
usábamos como casita para nuestros juegos.
Una tarde salimos al corral a
jugar y al bajar al hoyo vimos que en la cuevita brillaba algo con el reflejo
del sol, nos acercamos y vimos que había un platillo volador aden-tro de la
cueva, nosotros pensamos que mi mamá nos lo había puesto allí para que jugáramos,
era metálico, con ventanitas en la parte de arriba de lo que parecía la cabina,
el platillo tenía casi la misma altura que nosotros y media como dos metros y
medio de largo, era un platillo muy bo-nito, lo empezamos a tocar con para ver
su textura: estaba frio y muy lisito.
Nos asomamos por las
ventanitas y vimos que esta-ban unos hombrecitos del tamaño de mis muñecas
Barbie, cuando los hombrecillos nos vieron en la ventana, se abrió una puerta
en la parte baja del platillo, así como se ve en las películas, era una rampa
por donde salieron y bajaron tres hombrecillos vestidos con un traje plateado y
ajustado, eran cabezones, con ojos negros y grandes, no tenían pelo y hacían
sonidos como de niño chiquito, uno de ellos se nos acercó y me pidió, con
señas, la muñeca sin ropa que lleva-ba en la mano, después de que se la di los
tres hombrecillos se metieron al platillo cerrando la puerta.
Mi hermano y yo nos asomamos
por las ventanitas, vimos que entre los tres le quitaron la cabeza, los brazos
y las piernas a la muñeca, se pusieron a discutir entre ellos y examinaron
todas las partes, nosotros al ver eso, fuimos a la casa a traer otra Barbie
para dárselas, cuando llegamos, la primera Barbie estaba afuera del platillo,
toda desmembra-da y los hombrecillos a un lado de ella.
Le di la otra muñeca Barbie, que en esta
ocasión llevaba ropa puesta, al que esta-ba más cerca de mí, inmediatamente la
tomó y subieron con la mona al platillo cerrando nuevamente la puerta.
Mi hermano y yo nos pusimos a
armar la primer Bar-bie para dejarla como la llevábamos al principio, después
por las ventanillas nos asomamos para ver que hacían con la muñeca, ya no los
vimos en la cabina, tal vez estaban más adentro del platillo.
Mi hermano y yo esperamos
mu-cho rato jugando con los otros juguetes y como ya se estaba haciendo de
noche y no salían los hombrecillos nos fuimos a la casa, para nosotros eso pasó
desapercibido, no tuvo la importancia suficiente como para contárselo a mi
mamá.
Al día siguiente nuevamente
salimos a jugar, lleva-mos más juguetes y los dejamos junto a la puerta del
plati-llo, nosotros jugamos como siempre en el hoyo grande y ya no vimos que
pasó con los juguetes y los hombrecillos.
Al otro día fuimos a ver el platillo y vimos
todos los juguetes desarmados afuera de la nave, le dije a mi hermano que me
ayudara a armarlos y en eso nos pasamos toda la tarde, los hombrecillos veían
como armábamos los juguetes desde las ventanitas del platillo, nosotros se los
mostrábamos cuando ya estaban armados y ellos nos saludaban con sus manitas en
señal de aprobación, cuando terminamos de armar to-dos los juguetes nos los
llevamos a la casa, mi mamá nos preguntó qué porqué andábamos sacando todos los
jugue-tes al corral, le contestamos que era para jugar con los niños del
platillo, ella preguntó: ¿Cuál platillo? Le contestamos: ¡El que está en la
cueva!, ella nos dijo: ¡Ya les he dicho que no se metan en esa cueva! ¡Les
puede salir una víbora!, le dijimos: ¡Pues tú nos pusiste el platillo allí para
jugar!, ella nos contestó: ¡Ya váyanse a bañar porque andan muy sucios!, nos
fuimos a bañar y después cenamos y ya no toca-mos el tema.
Al día siguiente, después de hacer la tarea, le dijimos a mi mamá que íbamos a jugar con los niñitos del plato volador, mi mamá por curiosidad dijo: a ver, vamos a ver ¿Cuál plato les puse allí? Los tres nos fuimos al corral y bajamos al hoyo, pero cuando nos dirigimos a la cueva no vimos el platillo, mi hermano le reprochó triste y enojado a mi mamá: ¡Ya nos lo quitaste!, -ella nos contestó- ¡Yo llegué con ustedes, no he venido al corral desde hace varios días, no sé de qué platillo hablan ustedes!
Mi hermano le dijo: ¡Pues el de los niñitos que jugaban con
nosotros!, mi mamá le contestó a mi hermano: ¡Bueno, jueguen aquí, pero no se
metan a la cueva!, se dio la vuelta y se dirigió a la casa, no-sotros la
seguimos con la mirada hasta que entró a ella, yo me puse a platicar con mi
hermano para que dejara de pen-sar en el platillo y los monitos que jugaban con
nosotros. Al paso de los días se nos olvidaron los pequeños seres y el platillo
volador ¡Pero le juro que es verdad lo que le digo, sino pregúntele a mi
hermano!
Como no podía poner en tela de
juicio el relato de su experiencia simplemente le dije: ¡Si, te creo!
lunes, 24 de octubre de 2022
El platillo volador y los niños; de Juan Cancino Zapata
Cierta mañana en Rioverde,
estaba platicando con una maestra llamada Edith, sobre cosas extrañas que le
habían pasado a algunas personas, cosas como espantos y aparicio-nes, ella me
interrumpió para decirme: le voy a contar algo, pero no crea que me lo voy a
inventar o que es puro cuento, se lo platico a usted porque me da confianza y
pienso que si me va a creer y si no me cree pues luego le pregunta a mi hermano
para que vea que no le he dicho mentiras.
Fíjese que cuando yo tenía
como siete años y mi her-mano seis, nos íbamos por la tarde, después de hacer
la ta-rea, al corral de la casa a jugar con sus juguetes y con los míos, en ese
tiempo vivíamos en el Puente del Carmen, cer-ca de La Planta, mi hermano se
llevaba sus carritos y yo me llevaba mis muñecas y a veces jugábamos a la
comidita y a esas cosas que juega uno cuando está chico.
En el corral donde jugábamos
había un hoyo de pie-dra en el piso, en medio del corral, medía como unos ocho
metros de diámetro y un metro y medio de profundidad, en la orilla de la pared
oriente había también una cuevi-ta, como de tres metros de profundidad, la cual
usábamos como casita para nuestros juegos.
Una tarde salimos al corral a
jugar y al bajar al hoyo vimos que en la cuevita brillaba algo con el reflejo
del sol, nos acercamos y vimos que había un platillo volador aden-tro de la
cueva, nosotros pensamos que mi mamá nos lo había puesto allí para que jugáramos,
era metálico, con ventanitas en la parte de arriba de lo que parecía la cabina,
el platillo tenía casi la misma altura que nosotros y media como dos metros y
medio de largo, era un platillo muy bo-nito, lo empezamos a tocar con para ver
su textura: estaba frio y muy lisito.
Nos asomamos por las
ventanitas y vimos que esta-ban unos hombrecitos del tamaño de mis muñecas
Barbie, cuando los hombrecillos nos vieron en la ventana, se abrió una puerta
en la parte baja del platillo, así como se ve en las películas, era una rampa
por donde salieron y bajaron tres hombrecillos vestidos con un traje plateado y
ajustado, eran cabezones, con ojos negros y grandes, no tenían pelo y hacían
sonidos como de niño chiquito, uno de ellos se nos acercó y me pidió, con
señas, la muñeca sin ropa que lleva-ba en la mano, después de que se la di los
tres hombrecillos se metieron al platillo cerrando la puerta.
Mi hermano y yo nos asomamos
por las ventanitas, vimos que entre los tres le quitaron la cabeza, los brazos
y las piernas a la muñeca, se pusieron a discutir entre ellos y examinaron
todas las partes, nosotros al ver eso, fuimos a la casa a traer otra Barbie
para dárselas, cuando llegamos, la primera Barbie estaba afuera del platillo,
toda desmembra-da y los hombrecillos a un lado de ella.
Le di la otra muñeca Barbie, que en esta
ocasión llevaba ropa puesta, al que esta-ba más cerca de mí, inmediatamente la
tomó y subieron con la mona al platillo cerrando nuevamente la puerta.
Mi hermano y yo nos pusimos a
armar la primer Bar-bie para dejarla como la llevábamos al principio, después
por las ventanillas nos asomamos para ver que hacían con la muñeca, ya no los
vimos en la cabina, tal vez estaban más adentro del platillo.
Mi hermano y yo esperamos
mu-cho rato jugando con los otros juguetes y como ya se estaba haciendo de
noche y no salían los hombrecillos nos fuimos a la casa, para nosotros eso pasó
desapercibido, no tuvo la importancia suficiente como para contárselo a mi
mamá.
Al día siguiente nuevamente
salimos a jugar, lleva-mos más juguetes y los dejamos junto a la puerta del
plati-llo, nosotros jugamos como siempre en el hoyo grande y ya no vimos que
pasó con los juguetes y los hombrecillos.
Al otro día fuimos a ver el platillo y vimos
todos los juguetes desarmados afuera de la nave, le dije a mi hermano que me
ayudara a armarlos y en eso nos pasamos toda la tarde, los hombrecillos veían
como armábamos los juguetes desde las ventanitas del platillo, nosotros se los
mostrábamos cuando ya estaban armados y ellos nos saludaban con sus manitas en
señal de aprobación, cuando terminamos de armar to-dos los juguetes nos los
llevamos a la casa, mi mamá nos preguntó qué porqué andábamos sacando todos los
jugue-tes al corral, le contestamos que era para jugar con los niños del platillo,
ella preguntó: ¿Cuál platillo? Le contestamos: ¡El que está en la cueva!, ella
nos dijo: ¡Ya les he dicho que no se metan en esa cueva! ¡Les puede salir una
víbora!, le dijimos: ¡Pues tú nos pusiste el platillo allí para jugar!, ella
nos contestó: ¡Ya váyanse a bañar porque andan muy sucios!, nos fuimos a bañar
y después cenamos y ya no toca-mos el tema.
Al día siguiente, después de
hacer la tarea, le dijimos a mi mamá que íbamos a jugar con los niñitos del
plato volador, mi mamá por curiosidad dijo: a ver, vamos a ver ¿Cuál plato les
puse allí? Los tres nos fuimos al corral y bajamos al hoyo, pero cuando nos
dirigimos a la cueva no vimos el platillo, mi hermano le reprochó triste y
enojado a mi mamá: ¡Ya nos lo quitaste!, -ella nos contestó- ¡Yo llegué con
ustedes, no he venido al corral desde hace varios días, no sé de qué platillo
hablan ustedes! Mi hermano le dijo: ¡Pues el de los niñitos que jugaban con
nosotros!, mi mamá le contestó a mi hermano: ¡Bueno, jueguen aquí, pero no se
metan a la cueva!, se dio la vuelta y se dirigió a la casa, no-sotros la
seguimos con la mirada hasta que entró a ella, yo me puse a platicar con mi
hermano para que dejara de pen-sar en el platillo y los monitos que jugaban con
nosotros. Al paso de los días se nos olvidaron los pequeños seres y el platillo
volador ¡Pero le juro que es verdad lo que le digo, sino pregúntele a mi
hermano!
Como no podía poner en tela de
juicio el relato de su experiencia simplemente le dije: ¡Si, te creo!
jueves, 20 de octubre de 2022
ARROYO SECO: Parte 3; PREHISTORIA; (900 d.C. a 1531 d.C.).
Hacia el año de 1400 los
Mexicas y Purépechas se apoderaron de la
región minera de Sierra Gorda, pero al poco tiempo fueron rechazados por los
belicosos Chichimecas que eran bravos guerreros y utilizaban con admirable maestría el arco y la flecha;
los Chichimecas de Sierra Gorda estaban divididos en Pames, Ximpeces y Jonaces.
Los Pames se localizaban en
parte del municipio de Landa, Jalpan, Xichú y Arroyo Seco; se extendía esta
nación al estado de San Luis Potosí a los municipios de Lagunillas, Santa Catarina, Rayón, Tamasopo, Cerritos, Cd.
Fernández, Alaquines, San Ciro y Río
Verde.
Cuando llegan los españoles a
lo que es ahora el municipio de Arroyo
Seco, la región estaba habitada por Jijiotes y Pames; los Jijiotes ocupaban La
Sanguijuela y La Escondida de Guadalupe, eran indios pacíficos, ningún cronista
los recuerda, solamente Fray Juan Bautista Mollinedo los menciona en el acta de
fundación de la Misión de Lagunillas,
San Luis Potosí. Los Pames era una nación muy grande, ocupaban el Municipio de
Arroyo Seco, Jalpan, parte de Pinal y Landa; parte de Xichú Guanajuato, además
del estado de San Luis Potosí: San Ciro, Lagunillas, Santa Catarina, Cerritos, Río Verde, Cd. Fernández, Alaquines,
Rayón, Cárdenas, Tamasopo y Cd. Del Maíz.
Los Españoles siempre vieron a
los indígenas con desprecio, como si fueran bestias que sólo servían para el
trabajo en las encomiendas, en las haciendas y en los obrajes; nunca los trataron
como a seres humanos, los esclavizaban y los perseguían como a fieras salvajes,
por eso, los Pames, a pesar de ser pacíficos
por naturaleza se rebelaban y a veces atacaban o se remontaban a
serranías y a las barrancas en donde los soldados no podían entrar; por eso
tardaron 256 años en conquistar y reducir totalmente a los indios de Sierra
Gorda.
Antonio del Castillo del Castillo.
Soli Deo Gloria.

























