sábado, 24 de diciembre de 2022
miércoles, 2 de noviembre de 2022
Luces en la ciudad por Juan Cancino Zapata.
Estábamos tan concentrados en
este enigmático tema que al Guti se le ocurrió preguntar qué haríamos si
viéra-mos un OVNI, el Memo contestó rápidamente: ¡Tomaría-mos fotos como
evidencia!, yo comenté enseguida: ¡Ni cá-mara tenemos!, el Guti levantó la cara
hacia el oscuro cielo y sorprendido continuó preguntando: ¿Y cómo le tomamos
foto a esos que van allí? -dijo señalando hacia arriba de mi casa- supusimos
que era una de sus bromas y el Memo que estaba junto a Guti le replicó enseguida
frente a su cara: ¡No mámeees!, el Guti se puso de pie y señaló hacia el cielo
nuevamente.
Todos volteamos enseguida a
donde él señalaba y vi-mos que en el cielo negro iban pasando unas veinte bolas
fosforescentes, como a 15 metros de altura por encima de mi casa, rápidamente
nos pusimos de pie y las seguimos corriendo por la calle, sin dejar de verlas,
para saber de qué se trataba, ya que éstas iban navegando paralelas a la ca-lle
de Ramón Adame de norte a sur, obviamente iban más rápido que nosotros y
dejamos de seguirlas por la calle de Alonso, el Memo nos sugirió: ¡Vamos al
periódico a repor-tarlas, contestamos emocionados por la adrenalina que nos
activaba en ese momento: ¡Órale! y nos dirigimos corriendo al local de las
oficinas del periódico El Sol de San Luis.
Entramos corriendo y le
preguntamos al portero: ¿Hay algún reportero con cámara fotográfica? Éste,
sor-prendido, atrás de la reja de seguridad nos preguntó: ¿Para qué lo quieren?
A coro le contestamos: ¡Hay unos OVNIS en el cielo!, el portero nos observó
cómo escaneándonos, guardó silencio un instante y dijo en forma seria: ¿De cuál
fumaron? Le contestamos ansiosos: ¡No, no fumamos nada! ¡Es verdad, hay unas
bolas luminosas volando en el cielo! ¡Saque una cámara para tomarle fotos!, él
respondió incrédulo: Dejen le hablo al reportero de guardia y se fue a una
oficina.
Al regresar ambos sujetos, el
reportero nos preguntó: ¿Dónde las vieron? Le dijimos: ¡Andan arriba, ahorita
pasa-ron por la alameda! ¿Cuándo las vieron? Preguntó nueva-mente: ¡Ahorita las
acabamos de ver! -contestamos simultá-neamente los cuatro-. El reportero
exclamó: ¡A ver, vamos a ver! Y le indicó al portero que abriera la reja, éste
quitó el candado y ambos salieron con nosotros a la calle a ver el cielo, pero
no se veían las bolas fosforescentes, el repor-tero nos dijo: ¡Se me hace que
es puro cuento de ustedes!, nosotros contestamos: ¡Es la neta, ahí andan
arriba! ¡Saca tu cámara por si aparecen de nuevo!, él respondió: ¡Se la llevó
otro reportero y aquí en la oficina no hay ninguna!
Nos quedamos viendo los cuatro
como diciendo: ¿Cómo un periodista no tiene cámara? Y simplemente guardamos
silencio, de pronto el Memo cuestionó al repor-tero: Si no nos crees, vamos a
la azotea para que las veas, el reportero por curiosidad aceptó y dijo:
Vénganse, pero hay que tener cuidado al subir.
El portero cerró con candado
nuevamente la reja del periódico y posteriormente nos dirigimos los seis hacia
la azotea, desde esa altura se veía casi toda la ciudad, yo bus-qué en el
horizonte el cúmulo de bolas fosforescentes y lo descubrí volando cerca del
Saucito, ¡Allá están! -grité-. Las bolas se dirigían hacia el rumbo de Morales,
¡No qué no! le reprochamos en coro al reportero, él exclamó: ¡Nunca había visto
eso!, el Guti dijo: ¡Para eso queremos la cámara! ¡Para sacarle fotos como
evidencia, sino nadie nos va a creer!
Estábamos en la parte más
alta, entre el Cine Alame-da y el Sol de San Luis y se veían muy bonitas las
luces de la ciudad y el vuelo de las esferas luminosas. Vimos que las bolas
tomaron rumbo a la Tenería, hoy parque Tangamanga y después hacia la Cañada del
Lobo, pero las perdimos de vista atrás de las torres de la Iglesia del
Santuario de Guadalupe. El Moy le preguntó al reportero: ¿Tú qué crees que
sean? El periodista se rascó la cabeza y dijo:
A lo mejor son globos
aerostáticos, solamente que pregunte en la torre de control del
aeropuerto–agregó- para verificar. Nosotros sabíamos que eso no tenía nada que
ver con globos aerostá-ticos y solo guardamos silencio, de pronto levanté la
cabeza para ver de nuevo el cielo y grité: ¡Aquí están! -y señalé rumbo a la
plaza de San Sebastián-.
Las esferas fosforescentes
avanzaron hacia nosotros y pasaron encima de nuestras cabezas, como a siete
metros de altura, sin producir sonido, sin tener alas (de ave, de avión o algo
parecido) pero si, un brillo blanco, muy bri-llante y poco común, las dejamos
de ver al poco rato porque las taparon los edificios de los hoteles que están
al norte de la Iglesia del Carmen.
Después de bajar a las
oficinas de esta editorial, el re-portero nos tomó nuestros datos, y nos dijo
que la nota la iba a publicar en el periódico dos días después, salimos
sa-tisfechos del diario por haber visto nuevamente desde esa altura a los ovnis
surcando el cielo, la hermosa panorámica de la ciudad por la noche y con la
esperanza de hacernos famosos por el periódico.
Compramos durante quince días
el periódico el Sol de San Luis y nunca apareció la prometida nota.
sábado, 8 de octubre de 2022
Leyendas de Lagunillas; Los Santos Óleos
Iglesia de San Antonio de Padua
Cuando el presbítero salía de
la parroquia de San Antonio de Padua oí pasos y voces violentas.
–Dese por arrestado por
violación a la ley de cultos.
–Permítame, dejen llevar los santos
óleos a un moribundo en la calle del Arroyo y luego los acompaño –contestó el
clérigo.
–Nada. En el infierno va a
tener mucho tiempo para poner los óleos a los que quiera. –Los soldados lo
jalonearon de los brazos y los viáticos quedaron tirados: las hostias
esparcidas y el copón invertido en el suelo.
–Esos ateos que trabajan para
el gobierno están excomulgados, qué no van a defender a la religión en nombre
de Cristo Rey.
Además, el motivo de la
detención, era por su persistencia en efectuar ceremonias religiosas en la
calle utilizando estandartes y vestimenta para oficiar misa; con lo cual,
violaba las disposiciones gubernamentales y asilar a los activistas de la Liga
Nacional de la Libertad Religiosa, con quien fijaba propaganda en las paredes
de la ciudad.
La expresión se oyó como
sentencia de profeta, que hasta se estremecieron los soldados que lo sujetaban
y los fieles quedaron avergonzados con las pupilas del clérigo grabadas en sus
mentes.
Los soldados que realizaron la
captura murieron pronto. El copón con las hostias quedaron convertidos en
arena, no faltó alguien que dijera que había sido un milagro de San Antonio de
Padua y los fieles empezaron a llevar flores y ofrendas como un punto de
adoración. Pero yo fui quien recogió los viáticos y los puse en lugar seguro,
guardé el secreto para sostener la versión del milagro.
José J.
Alvarado
Fotografía: Santiago Medina
viernes, 7 de octubre de 2022
Leyendas de Lagunillas; Las Culebras; Leyenda Xi´ui.
Una parte de las tierras del suelo potosino pertenecían a los tennek. Su extensión abarcaba desde la selva tropical hasta el inicio del calcinante altiplano. Los tennek eran una raza emparentada con los mayas. Entre otros dioses adoraban a Quetzalcóatl (la serpiente emplumada) al que sus parientes mayas le llamaban Kukulkán. Por respeto a este dios, los tennek dejaban que las serpientes se reprodujeran libremente. Esta cultura alcanzó cierto grado de esplendor, hasta que las tribus salvajes del norte, los empujaron hacia el sureste y se refugiaron en la selva Huaxteca.
Fotografía: Lagunillas con
Dron.
jueves, 6 de octubre de 2022
Leyendas de Lagunillas; Las Moctezumas
Hundió el talache en la tierra, lo jaló a manera de palanca y vio que asomaba una piedra labrada por los antepasados indios, es en forma de herradura conocida como yugo; quedaron al descubierto, huesos de un esqueleto en posición fetal, veía vasijas, figurillas y platos. Elton Castora subió a la caja de su camioneta las ofrendas encontradas. Deshechó las piezas óseas, solo se lleva el pectoral, los collares y los anillos.
El saqueo lo hacía los
domingos, en las moctezumas situadas entre la comunidad de Zapotillos y San
Rafael de las Lagunillas. Elton Castora, era un hombre güero y musculoso, iba a
buscar evidencias prehispánicas, pero a la vez, echaba abajo las estructuras
escalonadas. Las localizaba por sus formas cónicas, piramidales o como simples
montículos de 15 a 20 metros de altura. Destrozaba lajas esculpidas que
formaban escalinatas buscando alhajas de oro. No le importaba a qué cultura
pertenecieran ni de qué época eran.
Elton no saqueaba para vender
las piezas arqueológicas a los gringos, solo las enajenaba en caso de
necesidad; las reunía para la colección de su sala, donde a veces recibía al
profesor Longinos Zulaica, quien le decía.
–No paran los saqueos de
piezas arqueológicas a pesar de estar protegidas por el Instituto Nacional de
Antropología e Historia, y ninguna autoridad interviene para frenar estos
robos. Por sus características, estos objetos que me muestra proceden de las
montezumas o moctezumas, que son unos montículos también llamados tlatelis o
cuisillos.
encontrados por dulces en una de las tiendas del pueblo.
–En efecto, profesor, pero no puedo revelar cómo llegaron a mí.
–Sin duda, pertenecen a los
tlatelis de la comunidad de San Rafael donde, según sé, existen más de 200
túmulos y cuatro centros ceremoniales de juegos de pelota. – Advirtió el
profesor Longino Zulaica–. Pero tenga cuidado, Elton, la posesión y
comercialización de estos objetos se encuentra penada por la ley.
Mientras tanto, el juez
auxiliar de San Rafael, alertaba a los ejidatarios.
–Por ahí anda un tal Castora,
saqueador, profanador de las moctezumas. Muy al alba todos, viene los domingos
a destruir las tumbas de nuestros antepasados, trae zapapico y pala, llega en
una camioneta Ford 1967.
El siguiente domingo Elton
Castora entró en su camioneta por la carretera de San Ciro, para ingresar por
una terracería en busca del representante del Consejo de Vigilancia.
–Le traigo estas botellas de
caña. Hoy, quiero revisar los túmulos de Zapotillos. – Le dijo.
–Muy bien, güero. Ya sabe,
nada más me hago el disimulado. A la entrada se encuentra al juez auxiliar,
váyase por el atajo porque ya lo anda cazando.
Frente a la plaza, el juez
auxiliar vio la camioneta, lo detiene y le dice.
– ¡Otra vez por aquí, Castora!
Lamento mucho que la tumba dorada haya sido destruida y su quietud quebrantada
por unos cuántos dólares. Le prevengo que esos monumentos están protegidos por
la Ley Federal de Zonas Arqueológicas. Es delito federal el profanar tumbas y
adoratorios de los indios. Además, es bueno que lo sepa, que existe una leyenda
de Kukulkán, representada por la serpiente, que asegura que los profanadores
morirán al poco tiempo de ultrajar tumbas, hay algo de verdad en eso, porque
los esqueletos están impregnados de cinabrio, y otras sustancias tóxicas.
Castora, murmuró: “viejillo
tonto. Ya saqué unos aretes de oro de un cuisillo y se las vendí al míster
Halliday, el me compra todo lo que le llevo cuando necesito dinero”.
Elton Castora con la colección
aumentada, le presumía a sus amistades en la sala de su casa, y les platica:
–Pues sí, que me para el juez
auxiliar y que me amenaza.
–Quizás el juez tenga razón.
–Contesta el profesor Zulaica–. Estos objetos pueden estar protegidos con
sustancias extrañas, hasta venenosas, con ritos a la muerte y a la serpiente
emplumada. También revisten un concepto de unidad entre los mexicanos, por
tener un pasado común.
En otro día de excursión,
Elton encuentra una pirámide entre mezquites, huizaches y palmas. Levanta un
pedazo de piedra con grecas: “Parece ser la tumba de un cacique indio
importante”, se dijo entusiasmado. Excava frenético, sudoroso y con toda su
emoción descubre una pieza rara, zoomorfa, la desentierra lentamente para no
romperla, cuando está a punto de levantarla, siente una mordedura, y alcanza
ver a la serpiente escamosa enrollada sobre sí misma, interponiéndose entre él
y el enterramiento esperando dar otro ataque.
Con espanto en el rostro Elton
se retira, sube a la camioneta y echa una ojeada a su pierna derecha. Ve una
mancha de sangre en el pantalón, lo rasga, y en su piel, nota dos puntos color
violeta. Un dolor agudo le empieza a invadir. Se liga la pantorrilla con un
pañuelo. Le da marcha a la Ford, abandona su mochila y sus herramientas.
Enfila hacia el centro de
salud del poblado de San Rafael. Le aumenta el dolor en la pierna, con
adormecimiento e hinchazón. Elton siente tres electrizantes punzadas que, como
relámpagos, le recorren desde la mordedura hasta la rodilla; pero el puesto de
salud está cerrado. Entonces, con dificultad acelera el vehículo por los
caminos de terracería, entre baches y pedruscos; una metálica sequedad le ahoga
la garganta, seguida de sed quemante. Maneja a saltos de piedra, a la vez
recuerda la experiencia de toda su vida: “he salido bien librado de cosas
peores”, murmura.
Llega a la unidad de salud de
San Ciro pero tampoco hay médico por ser día inhábil. No quiere pedir a la
ciudad una ambulancia prefiere manejar el mismo. Sigue su marcha tripulando la
camioneta Ford con ansias de llegar a la ciudad de Rioverde.
La inflamación de la pierna va
creciendo, los dolores aumenta, ahora lentamente le van subiendo hasta la
ingle. Por fin, al paso de grandes baches llega a la carretera asfaltada. No
aguanta la garganta seca, un vómito fortuito hace que pare a la orilla de San
Francisco de la Puebla. Saca la cabeza por la ventanilla queriendo jalar más
aire. Se estremece ante el temor a la muerte. Sus dientes castañean, se
enfrenta contra los muertos que interrumpió de su sueño, y queda sumergido en
un letargo: «todo empezó como un juego, como un saqueador más, junto con otros
que abandoné para trabajar por mi cuenta. Aquella calavera que rayé con un
plumón para que mis compañeros se rieran hasta le puse mi nombre. Este zumbido
de oídos como chicharra, la maldición que me refirió el juez auxiliar.
«Corres, corres para escapar.
Te persigue la policía por posesión de bienes culturales de la nación.
«Escarbas, escarbas en la
tumba del cacique de más de dos mil años, hasta que desentierras una vasija de
colores negros y amarillos con un calendario que se puede ver a través del
tiempo. Una figura zoomorfa de una serpiente que se traslapa a Kukulkán, es la
calavera del entierro, con agitación la sacas y notas que presenta tu nombre,
la misma que rayaste hace algunas décadas. Dejas de respirar y quedas con las
mandíbulas apretadas y los ojos abiertos viendo el nahual en forma de diablo que
va sobre ti, a recuperar los objetos».
Elton quiere llegar a la
ciudad, y vuelve a encender el switch de la marcha de su Ford, se lanza en su
carrera temeraria contra los demás vehículos. La pierna se le hincha aún más y
va tomando un color morado, a la vez que le acrecienta el sufrimiento. Conduce
la camioneta zigzagueando en las curvas de Plazuela, hasta bajar al plan donde
rebasa a los pesados camiones mineros. Llega a urgencias del Hospital Regional
de la Zona Media. Se arrastra pidiendo que lo atiendan, y queda derrumbado con
el pecho hacia arriba. «A tu muerte desaparece la colección “Elton Castora”;
que en el mercado negro valdrá miles de dólares. Será buscada por las
autoridades y por traficantes de obras artísticas. Cuatro décadas después, al efectuarse
trabajos de remodelación, aparecerá en un sótano del inmueble propiedad de un
coleccionista de arte. El que será arrestado y puesto a disposición de la
fiscalía por tráfico de bienes culturales».
–¡Ayúdenme! –grita
desesperado.
Los pacientes de la sala de
espera protestan con alaridos por lo deshumanizado del personal médico. Hasta
que, por los gritos de la gente, salen las enfermeras para brindarle los
primeros auxilios.
Ni en ese hospital ni en la
Jurisdicción Sanitaria hay suero anticrotálico. Sólo aparece la compra de la
vacuna en los informes de gobierno y en las facturas “apócrifas”.
–Quiero entregar mi colección
de figuras pre–hispánicas en algún museo – murmura.
Los familiares de Elton
sospechan que los objetos de la colección poseen una esencia, por la recurrente
representación de figuras zoomorfas de serpientes, de las que, ya no quieren
saber nada y entregan los vestigios primitivos al Instituto de Antropología,
mismos que fueron asignados a las galerías y que ahora se exhiben en capelos en
diferentes museos.
José J. Alvarado.
Fotografía: Lagunillas desde
el Dron.
viernes, 30 de septiembre de 2022
Mas cómo duele Mary tu ausencia en mi soledad.
Dormido tu imagen miro y me despierto creyéndola encontrar,
en mi soledad extraño el olor a ti, a lirios muy de mañana,
aunque no estés junto a mí nuestras almas no se extrañan,
pues permanecen unidas a pesar de la distancia.
Cuan doloroso ha sido vivir sin tu fragancia, sin sentir ya
de tus labios
el leve rose en los míos, sin escuchar los suspiros, mirándote
enamorada.
Pronto el tiempo pasará, cumpliré lo prometido.
Te he de construir el nido que a los dos albergará
Y llenaremos de amor ese espacio tan sufrido.
Tendremos por recompensa mil lunas por compartir
Festejando en cada abril el tropezar de miradas.
El adiós de tantas penas El nuevo brío por vivir.
Pero… cuanto tiempo pasará sin que las manos se junten
Cuanto más sin que los ojos Se vuelvan a contemplar.
Por lo pronto he de aceptar tu distancia entre la mía,
Mas cómo duele Mary tu ausencia en mi soledad.
Con mi amor para ti.
Alfonso Arteaga Rodríguez
- Composicion
lunes, 27 de febrero de 2017
2/2 - 7 fotos del Kiosco de RV - LAS MAS ANTIGUAS
viernes, 17 de febrero de 2017
2a. parte de 2 - 10 fotos Solkis de RV
jueves, 16 de febrero de 2017
1a. parte de 2 - 10 fotos de Solkis en RV
viernes, 27 de junio de 2014
Presentación



































